El segundo aire de los libros de los niños


por Paty Leiva

Desde muy chiquitito que le compramos libros a mi hijo mayor. Libros de cuentos o de imágenes de cosas que le gustaban, aunque no fueran libros infantiles. Por ejemplo, cuando aprendió a decir “silla” –una se sus primeras palabras al entrar al jardín–, le compré un libro en el que solo se mostraban muchos distintos diseños de sillas. Era tan exquisito verlo hojear el libro porque en cada página decía “silla!”.

Mi papá, que tiene una larga carrera orientada a la educación, siempre me dijo que era importante que desde guaguitas los niños se familiarizaran con los libros, aunque no los lean, que sepan tocarlos, manejarlos, hojearlos, ya que su vínculo con el objeto también fomentará sus hábitos de lectura en el futuro. Lo mismo que contarles cuentos y simplemente conversarles aunque uno piense que no entienden. Ellos perciben hasta el afecto a través del tono de nuestras voces.

Ayer me sorprendí –y me emocioné– cuando vi a mi hijo, ahora de 7 años, sacar del librero un libro de perros que le compré cuando tenía un año y medio, donde se ve la presencia de los perros en la historia del arte (es muy divertido). Estuvo mucho rato entretenido con él, porque ahora ya que está leyendo, entonces el libro adquiere un significado que antes no tenía. Lo más lindo fue que ahora pudo leer la dedicatoria y se puso contento.

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