La pedagogía Waldorf y yo


por Manuela

Cuando conocí la pedagogía Waldorf estaba en crisis. Hacía clases en un colegio a niños de 6 años y los tenía de las 8:30 a las 16:00 dentro de una pequeña sala de clases, vestidos con sus oscuros uniformes escolares y sentados gran parte del día en sillas de fierro frías y duras. Les preparaba con cariño, en mi computador, guías de aprendizaje con muchos dibujos y las imprimía feliz, aunque no me alegraba tanto verlos con dificultades para completar los pequeños espacios con su incipiente caligrafía de primero básico. Tenía plumones de colores para escribir en la pizarra acrílica pero a mis dibujos les faltaba vida. Les contaba muchos cuentos y eso les encantaba, pero también debía hablarles de las mayúsculas, minúsculas, punto seguido, aparte, coma y punto final. En el recreo muchos se quedaban en la sala porque el patio no tenía nada que ofrecerles.

Y de pronto apareció en mi vida la pedagogía Waldorf y fue un gran descubrimiento para mí. Descubrí una pedagogía que ve a los niños como seres que están descubriendo el mundo y que los quiere acompañar este proceso mostrándolo como amoroso y bello. Donde a los profesores todavía se les llama maestros, porque cada uno debe trabajar y trabajarse mucho para cumplir su rol,

Me gustó tanto que comencé a estudiar un poco más observando clases en diferentes colegios Waldorf de Santiago y me dio mucho gusto darme cuenta de que en ellos se conserva lo mejor de los colegios antiguos: las salas son muy acogedoras y bien pensadas, las mesas y sillas son de madera, el pizarrón luce un bello dibujo de tiza acorde a la estación del año y a la materia que están pasando y que cada mañana la maestra ha retocado para sorprender a los niños al llegar.

Los cuadernos son croqueras sin cuadros y en vez de usar lápices de mina o a pasta usan crayones con los que van coloreando lo que se ve en la clase. Los niños van sin uniforme y la jornada no es muy larga, sobre todo en los cursos menores donde lo importante no es lo intelectual, sino el juego, el movimiento y el ritmo. Por eso la clase principal – la primera y más importante del día – parte con una ronda, donde los niños cantan, bailan, saltan canciones referentes a las estaciones del año y a la materia que están viendo (castellano, matemática, conocimiento de los alrededores) luego viene la parte más teórica donde se pasa materia en el cuaderno para cerrar con una linda narración.

En el recreo los niños comen juntos colaciones saludables, que agradecen con alguna canción o verso y para jugar pueden ir al pozo de arena a construir castillos, a columpiarse o colgarse. Aún se ven niños trepando a los arboles, jugando a las bolitas o saltado a la cuerda. Las clases de huerta, manualidades, idiomas, juego, vienen después y al final del día el niño lo único que quiere es que pase luego la noche para volver al colegio a seguir aprendiendo.

Lo viví así y me gustó tanto que tomé la jefatura de un primero básico. Ahora me sentía muy inspirada y feliz. Y así, junto a un grupo profesores y apoderados construimos una pequeña iniciativa Waldorf que está creciendo, ya que cada día más familias quieren algo diferente para sus niños y se suman a nuestro proyecto.

Espero que cada día más y más niños vivan la experiencia de contar con un espacio contenido y bello donde aprenden felices, gozando la etapa más bonita de todas, su infancia.

*La foto es un hada que Manuela hizo con vellón, técnica que aprendió gracias a la pedagogía Waldorf

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