Situación inesperada: a la incubadora
photo © 2003 César Rincón | more info (via: Wylio)
por magdalena
Cuando nació mi primera hija estuve a punto de tener que irme sin ella a la casa. A las pocas horas de nacida le descubrieron una hipoglicemia e hipotermia – nada grave – que hicieron necesario ponerla en incubadora. Se supone que sería algo que solucionaría en algunas horas o a lo más un día, pero finalmente el tiempo pasaba, las cosas no cambiaban y con mi marido estábamos inmersos en una incertidumbre agotadora.
Dejando de lado toda la desinformación – nadie me decía, ni me explicaba nada– una de las cosas que me aterraba era tener que volver a mi casa y tener que dejar a mi guagua en la clínica, sentía que si me pasaba eso me moriría de pena. En la unidad de neonatología veía mamás y papás llegar con sus botellitas de leche y ansiosos de mirar y tocar a sus guagüitas, las que por diversos motivos todavía no podían irse a sus casas.
Ahí donde estábamos no había guaguas enfermas. La mayor parte eran prematuros que aún no estaban suficientemente maduros para respirar sin ser monitoreados o guaguas con ictericia, lo que las obligaba a estar bajo una luz especial. Nadie tenía miedo de que las cosas no salieran bien, pero todos estaban con la misma ansiedad de querer irse a su casa con sus guaguas y no tener que partir solos una vez más.
En mi caso finalmente un día antes del alta la glucosa y la temperatura de mi hija se estabilizaron y el doctor decidió dejarme un día más en la clínica para así poder irnos las dos. Cualquier pena o dolor que hubiera sentido antes se pasaron cuando supe que por fin estaríamos juntas (antes me quejaba y lloraba todo el día). Y aunque partí feliz siempre me quedé con una especie de sentimiento de solidaridad con esos papás que esperaban todos los días que les dijeran que ya todo estaba bien y que podían partir todos juntos.